4 de enero de 2012

De ida.

Llego, miro y respiro; la bruma y el humo del cielo no me dejan sentir mis pulmones. La gente a mi alrededor es poca, y aún sus cuerpos se cubren con eso que parece ser cartón; yo no sé si es así, o simplemente un bullicio social, pero por las dudas cuido hasta mis zapatillas.

El cartel electrónico anuncia el próximo tren a las 6:47 y yo por mirarlo me choco al vendedor de café, que con su ceño fruncido me putea desaforado. Es tal mi parálisis que no emito palabra alguna. El tren está ahí y tocó su última bocina, informando que está por cerrar las puertas. Corro, como todos, me escabullo entre las personas para que no me vean que no pagué el boleto.

Agitado, entro como puedo y me siento a un costado, la gente sigue entrando. La gente.

Nenes gritando, calor, el vendedor que no pide permiso: la señora que se enoja. Mis palpitaciones aumentan, el borracho, el óxido del caño, la señora pituca que no se anima a apoyarse en ningún lado, en medio de la tristeza él me mira.

El trabajo, el boliviano que pasa por desapercibido, la embarazada que se abanica, una traviste que deja caer una lágrima fastidiada por el acoso y los insultos. Él me mira, yo lo miro; me vuelve a mirar.

El tren arranca, el sacudón hace que la ricachona de zona norte caiga sobre el obrero, rara situación, lo miro.

El pobre, el rico, el gordo, el flaco, la cumbia, Gardel y Drexler. El insulto, no: la puteada; la transpiración y el olor. De sonrisas ni hablar.

Llegó mi estación, lo miro con apego y nostalgia y me pregunto si yo lo viví antes. La realidad ha profanado hasta mis sueños.

No hay comentarios:

Publicar un comentario