20 de febrero de 2013

Contiendas


Hoy me levanté con ganas de escribir algo distinto. Pero bueno, no me quiero engolosinar con mis reflexiones pseudofilosóficas porque siempre alguien me las interrumpe con la realidad.

Hace varios días que debato con mis yoes. Mi yo lingüista me dice, que esta lucha será eterna; el yo literato no le da mucha bola, deambula, no lo veo comprometido en la charla -será que siempre vaga por universos más inhóspitos y ricos que los de la cotidianeidad- , también está el yo filosófico, el que pretende tomarse las cosas en serio hablando de Nietzsche y de Foucault como grandes amigos. El fin,  esos yoes y también el científico, el plomero y la empleada doméstica: todos conviven hoy en mí y cual pájaro carpintero se encargan de recordarme qué postura debo tomar.

Para muchos es simple: o valés o no. "¿Qué vas a andar jodiendo con poemitas si las minas son todas unas putas?" Solía decir mi abuela cuando me encontraba en un rincón con este mismo cuaderno. Hasta llegó a dudar de mi orientación sexual: "No se junten con éste que es trolo" les dijo un día a mis amigos mientras jugábamos unos juegos de mesa. Como decía, valés o no. Esa fue la disyuntiva que recorrió mis últimos años de vida hasta entonces.  Me llevó a pensar que para valer tenías que soportar. "Papá no me gusta el fútbol", le dije al flaco con lágrimas en los ojos. Soportar la angustia de encontrarse diferente, de querer ser otro.

Valer era, o es, un término que nunca pude definir, cargar de sentido. A decir verdad, siempre la fui completando con pedacitos de los demás. "Se valiente Nico" me dijo mi mamá a los oídos cuando me tocó cargar con una de las manijas que rodeaban el cajón del viejo. Soy valiente, soy valiente y soy valiente me decía a mí mismo mientras sentía que una lágrima golpeaba sobre mi mano, sobre el cajón.

¿Será que con mis poemitas jamás llegaré a ser el caballero valiente que rescate, como en los mejores cuentos, a esa bella princesa de las garras de un dragón enfurecido?... Despertate Nicolás, me dijo mi vieja moviéndome los pies mientras yo dormía. Son las 9 y seguís durmiendo, tenés que ir a buscar laburo... ¿de qué te pensás que vamos a vivir? agregó con la voz entrecortada, seguro acordándose de papá.

Pobre vieja, ya no sabe qué hacer. Y yo la entiendo, la entendía y por eso encontré laburo, me casé y ahora tengo tres pibes; o mejor dicho, tuve un pibe, me casé y tuve dos más. Sí, 25 años y tres pendejos. "¡Cómo me cagaste la vida pelotudo!" me gritaba la flaca cuando tenía 17 años y comprobaba que, efectivamente, lo que había empezado como un juego terminaba siendo el presagio de nuestras vidas.

En mi batalla interna, sin ser pesimista, creo que perdí muchos soldados.  [La tropa está cansada mi comandante, no tenemos muchas provisiones y los soldados se están cagando de frío...¿Vos te pensás que esto es un juego? ¡Que esos cagones salgan de inmediato a defender a la patria, carajo!]

El enfrentamiento cotidiano conmigo mismo;  la batalla más difícil. A la que por más que cuentes con los aviones rusos más cargados, no la vencés ni en pedo. La retaguardia, el lugar predilecto de la conjunción de yoes para atacar. Cuando crees que recuperás el pulso y el andar, una puñalada tan fuerte como los gritos de tu abuela y a la vez tan punzante como las lágrimas sobre el cajón, te desestabilizan, te dejan desorientado.

Mientras tanto yo me sigo atrincherando, me excluyo en mi escritura y así, evado las contiendas de la realidad. 

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