Hoy me levanté con ganas de
escribir algo distinto. Pero bueno, no me quiero engolosinar con mis
reflexiones pseudofilosóficas porque siempre alguien me las interrumpe con la
realidad.
Hace varios días que debato con mis
yoes. Mi yo lingüista me dice, que esta lucha será eterna; el yo literato no le
da mucha bola, deambula, no lo veo comprometido en la charla -será que siempre
vaga por universos más inhóspitos y ricos que los de la cotidianeidad- ,
también está el yo filosófico, el que pretende tomarse las cosas en serio
hablando de Nietzsche y de Foucault como grandes amigos. El fin, esos yoes y también el científico, el plomero
y la empleada doméstica: todos conviven hoy en mí y cual pájaro carpintero se
encargan de recordarme qué postura debo tomar.
Para muchos es simple: o valés o
no. "¿Qué vas a andar jodiendo con poemitas si las minas son todas unas
putas?" Solía decir mi abuela cuando me encontraba en un rincón con este
mismo cuaderno. Hasta llegó a dudar de mi orientación sexual: "No se
junten con éste que es trolo" les dijo un día a mis amigos mientras
jugábamos unos juegos de mesa. Como decía, valés o no. Esa fue la disyuntiva
que recorrió mis últimos años de vida hasta entonces. Me llevó a pensar que para valer tenías que
soportar. "Papá no me gusta el fútbol", le dije al flaco con lágrimas
en los ojos. Soportar la angustia de encontrarse diferente, de querer ser otro.
Valer era, o es, un término que
nunca pude definir, cargar de sentido. A decir verdad, siempre la fui
completando con pedacitos de los demás. "Se valiente Nico" me dijo mi
mamá a los oídos cuando me tocó cargar con una de las manijas que rodeaban el
cajón del viejo. Soy valiente, soy valiente y soy valiente me decía a mí mismo
mientras sentía que una lágrima golpeaba sobre mi mano, sobre el cajón.
¿Será que con mis poemitas jamás
llegaré a ser el caballero valiente que rescate, como en los mejores cuentos, a
esa bella princesa de las garras de un dragón enfurecido?... Despertate
Nicolás, me dijo mi vieja moviéndome los pies mientras yo dormía. Son las 9 y
seguís durmiendo, tenés que ir a buscar laburo... ¿de qué te pensás que vamos a
vivir? agregó con la voz entrecortada, seguro acordándose de papá.
Pobre vieja, ya no sabe qué hacer.
Y yo la entiendo, la entendía y por eso encontré laburo, me casé y ahora tengo
tres pibes; o mejor dicho, tuve un pibe, me casé y tuve dos más. Sí, 25 años y
tres pendejos. "¡Cómo me cagaste la vida pelotudo!" me gritaba la flaca
cuando tenía 17 años y comprobaba que, efectivamente, lo que había empezado
como un juego terminaba siendo el presagio de nuestras vidas.
En mi batalla interna, sin ser
pesimista, creo que perdí muchos soldados.
[La tropa está cansada mi comandante, no tenemos muchas provisiones y
los soldados se están cagando de frío...¿Vos te pensás que esto es un juego? ¡Que
esos cagones salgan de inmediato a defender a la patria, carajo!]
El enfrentamiento cotidiano conmigo
mismo; la batalla más difícil. A la que por
más que cuentes con los aviones rusos más cargados, no la vencés ni en pedo. La
retaguardia, el lugar predilecto de la conjunción de yoes para atacar. Cuando
crees que recuperás el pulso y el andar, una puñalada tan fuerte como los
gritos de tu abuela y a la vez tan punzante como las lágrimas sobre el cajón,
te desestabilizan, te dejan desorientado.
Mientras tanto yo me sigo
atrincherando, me excluyo en mi escritura y así, evado las contiendas de la
realidad.